Debates, combates y otras carencias democráticas

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Debates ivett presidenciales

Político MX

Jue 02 Noviembre 2017 06:48

Debatir es estrategia, táctica, precisión; debatir es un arte. 

Y entonces, ¿por qué actualmente en México los debates son todo lo contrario? resultan aburridos, trillados y alejados de su objetivo primordial: un voto informado. 

¿Ejemplificamos? En las últimas elecciones presidenciales,  las del 2012, 2006 y  2000  los debates más bien nos dieron demagogia y retórica al puro estilo de monólogos e incluso de interminables soliloquios. ¿Los problemas? Muchos; entre ellos falta de propuestas, descalificaciones personales, candidatos incapaces de articular y argumentar, falta de interacción entre acusadores y aludidos y en conclusión, aburrimiento para las audiencias que cada vez pierden más el interés en estas fallidas fiestas democráticas. 

Para entender el problema, nos tenemos que ir al origen del mismo. Voy a los años. 

La democracia deliberativa en México se empezó a configurar desde 1987 cuando se reformó el Código Federal Electoral. Después, en 1990 el congreso expidió el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (COFIPE) y esto nos lleva al famoso 1994. 

Hubieron dos debates, uno para la llamada “chiquillada”, es decir, los candidatos que no eran puntero, y el estelar, donde midieron fuerzas Ernesto Zedillo, Diego Fernández de Cevallos y Cuauhtémoc Cárdenas

Han pasado 23 años de ese debate, y aún así ha sido el más visto de la historia de los debates en México, con al menos 34 millones de telespectadores.  

Su formato medianamente flexible, mostró a un Cárdenas taciturno, a un Zedillo alerta a las provocaciones, y a un Cevallos combativo. 

Frases memorables aún se siguen recordando de esos 98 minutos de duelo político, aquel 12 de mayo; sobre todo, las que Cevallos dirigió a Zedillo. Rescato dos: 

“Sabemos que usted ha sido un buen chico con altas calificaciones” 

“Con el debido respeto quiero decirle, que está aquí como consecuencia de dos tragedias: por una parte, la muerte de Colosio y por otra, la designación presidencial. La primera lo rebasa, no tiene usted ninguna culpa, pero la segunda, lo descalifica, por lo menos si hablamos de democracia”

Pero, ¿qué aleja tanto al primer debate presidencial de 1994 con los formatos posteriores? Revisemos las reformas, porque los debates en vez de evolucionar, involucionaron. 

Hubieron reformas al COFIPE en 1996, 2007 y 2008 al incluir el artículo 70 que ordenó al Consejo General del entonces IFE, hacer dos debates entre candidatos presidenciales. 

La “sofisticación” de la reforma política del 2014, nos llevó a un nuevo andamiaje de la arquitectura reglamentaria en los debates. Posteriormente, la COFIPE fue sustituida por la Ley de Instituciones y Procedimientos Electorales (LGIPE) y ahora su artículo 218 regula aún más el tema. 

Y después de conocer toda la cronología, la conclusión es muy simple, las leyes en esta materia han sobrerregulado a tal grado, que se convirtieron en una camisa de fuerza que usan los partidos políticos desde su trinchera legislativa, para evitar que en México veamos debates con formatos flexibles.  

Veamos los ejercicios que en este sentido están sosteniendo los políticos a nivel mundial, como el formato ágil y dinámico que enfrentó a Hillary Clinton y Donald Trump en 2016; o el reciente enfrentamiento dialéctico que por 2 horas y 20 minutos sostuvieron en Francia, Macron y Marine Le Pen, y reitero, un debate de tal calidad que mantuvo el interés de una audiencia cautiva por 140 minutos. 

Es cierto que los ganadores de los debates no siempre resultan triunfadores en las urnas; es cierto también que los debates no son la solución al problema democrático en México ni resolverán el abstencionismo electoral de manera drástica, sin embargo, los mexicanos merecemos ejercicios democráticos interesantes, efectivos y que incentiven el voto informado. 

El Arte de la Guerra, es un libro de cabecera para quienes gustamos de analizar la política, y por ello, me permito parafrasear a Sun Tzu, ya que hablar de debates es hablar de la mismísima guerra política. Un experto en el arte de la guerra, es capaz de deshacer planes enemigos, estropear alianzas, cortar suministros y bloquear caminos, sin luchar. Todo esto, se puede hacer en un debate. 

No tenemos que llegar a una dinámica de enfrentamientos al puro estilo del boxeo del barrio bravo tepiteño, ese del “Ratón” Macías y el “Huitlacoche” Medel, pero es momento de que las autoridades electorales dejen la teoría y se vayan a la praxis.  

La sobrerregulación siempre resulta políticamente contraproducente. Es momento de sacar a los candidatos de su zona de confort y darle a México debates donde brille, no una edecán en vestido de noche; ya es hora de que el protagonismo, esta vez, lo tenga la democracia.  

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